HUIXTLA, México — Poco después del amanecer del martes, el alcalde se paró en la plaza principal de su ciudad, ubicada al sur de México, e hizo un balance.

El día anterior, miles de migrantes, hombres, mujeres y familias enteras, habían llegado a Huixtla. Muchos hicieron a pie el largo trayecto desde la frontera, y convirtieron el humilde distrito comercial de la población en un vasto campamento improvisado. Llenaron cada metro cuadrado de la plaza y también usaron las aceras y las fachadas de las tiendas para ubicar sus cartones, mantas, láminas de plástico y ropa.

“Esto es casi bíblico”, dijo Julio Raúl García Márquez, un guatemalteco de 43 años que viaja con su esposa, su hijo de 1 año y un primo. Ellos pasaron parte de la noche durmiendo sobre cartones en la plaza central.

Cerca de allí, dos pares de jeans estaban colgados para secarse en el busto de Venustiano Carranza, un héroe de la Revolución Mexicana. Los botes de basura dispuestos por la municipalidad quedaron enterrados por montones de basura.

Pero el alcalde de la ciudad, José Luis Laparra Calderón, se mostraba optimista, incluso alegre.

“Estas personas huyen de la pobreza de sus países”, dijo. “Son gente trabajadora. No traen bombas. Quieren mejorar sus vidas”. Y agregó: “Queremos que su paso por aquí sea lo más agradable posible”.

Migrantes hondureños con voluntarios de la Cruz Roja CreditLuis Antonio Rojas para The New York Times

El martes fue el duodécimo día de la caravana de migrantes que comenzó en Honduras y que ha crecido en tamaño y fuerza como una avalancha en su travesía hacia Estados Unidos.

En las ciudades y aldeas, a lo largo de los caminos rurales y en las plazas de las ciudades, la migración ha sido impulsada con el apoyo de diversos grupos como las autoridades locales, las organizaciones comunitarias y personas que han distribuido comida y agua gratis, ropa de segunda mano, pañales, mantas y pequeñas cantidades de dinero para ayudar a la caravana en su viaje hacia el norte.

Algunos migrantes visten la misma ropa con la que salieron de América Central, muchos caminan con zapatos y chancletas frágiles, pero están decididos a llegar a la frontera con Estados Unidos. Dicen que viajar en un grupo tan grande es mucho más seguro que enfrentar solos los peligros del camino.

Según algunas estimaciones, la caravana está integrada por más de siete mil personas; pero los funcionarios de Huixtla calculan que unos cinco mil migrantes pasaron la noche del lunes en su ciudad.

Algunos planean solicitar asilo en Estados Unidos, mientras que otros saben que su única posibilidad de ingresar es de manera ilegal. Hasta ahora, la mayoría, si no todos, han escuchado sobre los ataques del presidente Donald Trump a la caravana, sus amenazas de militarizar la frontera y las dificultades para obtener acceso legal a Estados Unidos.

Pero en las entrevistas, decenas de migrantes parecían motivados por una suerte de fe ciega nacida de la desesperación: una convicción de que esta es su mejor oportunidad para escapar de la pobreza, la violencia y las dificultades de sus países para poder construir una vida mejor. Sin embargo, dicen que lo primero que deben hacer es llegar a la frontera.

Fátima Guardado y su hijo, Jesús Emanuel Hernández, en un río a las afueras de Tapachula, MéxicoCreditLuis Antonio Rojas para The New York Times

Josué Rosales, un hondureño de 28 años, dijo que no tenía la seguridad de que la caravana llegaría hasta la frontera y podría cruzar hacia Estados Unidos. Aun así, sentía que no tenía más remedio que intentarlo porque en Honduras no tenía un trabajo estable y lo habían robado en las calles. “Si Dios quiere, el presidente nos dará permisos para trabajar en Estados Unidos”, dijo.

Muchos de los migrantes de la caravana parecían ignorar que su travesía se convirtió en un punto central en el debate de las elecciones intermedias de Estados Unidos. Muchos dijeron que ni siquiera sabían que en las próximas semanas habría una votación en Estados Unidos ni que su viaje hacia el norte se había convertido en un tema polémico de la elección.

“La conclusión es que, francamente, a la mayoría de las personas en Honduras no les preocupan las elecciones en Estados Unidos”, dijo Óscar Chacón, director ejecutivo de Alianza Américas, una red de grupos de inmigrantes estadounidenses con sede en Chicago.

“Cuando estás desesperado, crees en los milagros”, dijo. “Ellos esperan que al hacer esta acción colectiva, al unirse a esta caravana, se conmoverá el corazón de alguien y sucederá un milagro”.

Un grupo de migrantes esperaban en fila para hablar con sus familiares en un negocio de llamadas telefónicas en Huixtla. CreditLuis Antonio Rojas para The New York Times

La caravana de migrantes comenzó como otros movimientos migratorios del pasado: un pequeño grupo salió temprano en la mañana desde la ciudad hondureña de San Pedro Sula el 12 de octubre. Mensajes de Facebook y volantes difundidos por defensores y migrantes esparcieron el mensaje de la caravana semanas antes de que se iniciara, con lo que se preparó el terreno para que muchas personas unieran sus fuerzas.

Pero lo que comenzó como un pequeño grupo creció rápidamente. Una estación de televisión hondureña, aliada del gobierno, comenzó a cubrir la migración y citaba las afirmaciones de que un activista opositor de izquierda, Bartolo Fuentes, pagaba por la comida y el transporte de los migrantes. La publicidad, según los migrantes, animó a muchos a unirse.

Aunque Fuentes lo niega, él y al menos otro político de izquierda sí publicaron mensajes en los que denunciaban las condiciones de vida en Honduras y culpaban a su gobierno. “No vamos porque queremos”, dice un folleto que compartió en Facebook. “La violencia y la pobreza nos expulsan”.

Muchos participantes se unieron a la caravana por impulso. Ronald Borjas, un migrante hondureño, se estaba quedando con su madre cuando se enteró de la caravana por la televisión. “Empaqué mi mochila, abracé a mi madre y me fui”, dijo.

La mayoría, al parecer, se dirige a Estados Unidos por primera vez, aunque un grupo considerable está formado por deportados que intentan regresar. Muchos dijeron que sufrían por haber tenido que abandonar su tierra natal.

“Me duele”, dijo Kilber Martínez, de 26 años, un migrante hondureño que viajaba en la parte trasera de una camioneta, repleta de más de dos docenas de hombres jóvenes. “La tierra donde naciste es como tu madre”.

Personas migrantes que se detuvieron a descansar en unas instalaciones deportivas de Huixtla.CreditLuis Antonio Rojas para The New York Times

Una enfermera dijo que atendió a las personas por malestares producidos por el largo trayecto como ampollas, quemaduras solares y deshidratación. Un hombre que sufría de diabetes intentaba controlar sus niveles de azúcar. Pero los peligros más graves de la caminata se volvieron muy reales cuando se supo la noticia de que un migrante falleció después de caerse de la parte trasera de un camión lleno de gente.

En la plaza central, los migrantes pusieron láminas de plástico para refugiarse entre los árboles y los postes de las lámparas, justo antes de una ligera lluvia. Otros se prepararon para pasar la noche en una cancha techada de baloncesto al aire libre, en una iglesia católica y en las fachadas de las tiendas de todo el distrito comercial.

Un grupo de una estación de radio cristiana les llevó enormes ollas de espaguetis, frijoles y arroz. También llegó un predicador y algunos inmigrantes se arrodillaron a su alrededor.

Rafael Gómez Borraz, dueño del restaurante Pao, distribuyó platos de arroz y frijoles. Gómez contó que en la década de 1990 trabajó con centroamericanos en Estados Unidos lavando platos y colocando azulejos. Eso hace que comprenda bien la difícil situación de los miembros de la caravana.

“La gente teme que las pandillas se hayan infiltrado en el grupo”, dijo. “Pero estas son buenas personas”.

Más tarde, una banda local de cumbia comenzó a tocar y varios inmigrantes comenzaron a bailar, a pesar de las agotadoras jornadas de su viaje.

Migrantes centroamericanos que hicieron una parada para descansar en una carretera a las afueras de Tapachula.CreditLuis Antonio Rojas para The New York Times

Algunos inmigrantes se bañaron en un río cercano, como Kinzinyer Gabriela Hernández, una joven hondureña de 17 años que viajaba con su hija de 2 años y su hermana de 16.

“Mi esposo sabe que estamos en camino, pero no sabe exactamente dónde estamos”, comentó Hernández, quien dijo que su nombre estaba inspirado en el de Henry Kissinger, el exsecretario de Estado de Estados Unidos. “Dios me da la fe para seguir adelante”.

https://www.nytimes.com/es/2018/10/24/mexico-caravana-migrante/?emc=edit_bn_20181024&nl=boletin&nlid=7458404620181024&te=1