AGENCIAS. El 6 de marzo de 1968 se emitió el último episodio de la serie Perdidos en el espacio, después de tres años al aire. Fue justamente la fecha en la que la plataforma Netflix lanzó el tráiler de su nueva versión de ese clásico de ciencia ficción kitsch, que llegó el pasado fin de semana para mostrar una historia de complejidad contemporánea, pero con la esencia de su versión original.

La serie original tenía su principal influencia en un cuento moralista cristiano publicado en 1812 llamado Los Robinsones Suizos, que pertenece a un libro del pastor protestante Johann David Wyss, en el que se narraban las aventuras de una familia naufragada en una isla de las Indias Orientales y con el que se pretendía guiar a los hijos de la época de acuerdo a los valores familiares cristianos.

Ciento cincuenta años después, el productor cinematográfico Irwin Allen recurrió a la misma idea, aunque por razones muy diferentes. Tomó la premisa d una familia perdida y sola que trabaja unida para sobrevivir. Su familia para la serie se construyó alrededor del personaje de Will Robinson (Bill Mumy), su miembro más joven, un niño prodigio que se pasa el día jugando con un robot gigante. El planteamiento que primero fue sobre el tipo de vida de una familia fronteriza, se traspuso a planetas distantes. De hecho, la serie comenzó su vida como un cómic de 1962 llamado Space Family Robinson.

La serie planteó una historia ambientada en el entonces futurista año de 1997, cuando en la Tierra los avances científicos habían alcanzado un punto en el que se hacía necesaria iniciar la exploración espacial so pena de agotar en nuestro planeta los requisitos más básicos para la vida. Los Robinson, tras superar a dos millones de voluntarios competidores, suben a bordo de la Júpiter 2 y parten para colonizar algún planeta del sistema Alfa Centauri, el más cercano a nuestro Sol.

Eran tiempos en los que la carrera espacial entre Rusia y Estados Unidos estaba en su momento más álgido, cuando el primero se adelantó con el lanzamiento en órbita del Sputnik. Así que la serie se convirtió en un fenómeno que respondía al reflejo de esa competencia, aunque en un principio no fue del todo aceptada, sobre todo porque la NASA trató de poner a prueba la verosimilitud científica aún y cuando sus personajes tenían frases como “No me molestes con la lógica”.

Pero si la ciencia no estaba de su lado sí lo estuvo el humor y la propuesta familiar. Los adultos comenzaron a tomarla como una forma de pasar un buen rato más allá de interesarse por la explicación científica. Así comenzaron a dar forma a una familia con personajes arquetípicos como el del doctor Smith, quien tenía el papel de malo involuntario porque saboteaba con sus ocurrencias cada problema de la familia Robinson.

El tono general de la serie, por supuesto, tendía a ser moralizante y conservador. La señora Robinson puede que fuera una competente bioquímica, pero sólo se le ve ocupada en tareas “hogareñas” como cocinar. Especialmente los primeros episodios tendían a subrayar las virtudes de la unidad familiar y lanzar mensajes morales sobre los prejuicios, el comportamiento social, la lealtad, la responsabilidad…y la educación.

Tras finalizar su vida en la televisión en 1968, hubo un intento de lanzar una serie de dibujos animados por parte de Hannah-Barbera pero sólo llegó a emitirse el piloto en 1973. Después de triunfos como los de Star Trek y más tarde de Star Wars, todas las televisoras estuvieron ansiosas por explotar la ciencia ficción y fue por eso que Perdidos en el espacio se mantenía presente en el mapa, que regresó a la programación por cinco años.

Más tarde las cadenas por cable USA Network y Sci-Fi Channel también la repusieron con éxito en los ochenta y noventa. Y, por fin, en 1998, se estrenó una película de imagen real dirigida por Stephen Hopkins y con un reparto encabezado por estrellas del momento como William Hurt, Gary Oldman o Mimi Rogers y con cameos de casi todo el reparto original.

Aunque se trató de un digno intento que recurría a un tono más oscuro y realista que la propuesta televisiva, con un mensaje más ecologista y con la ayuda de nuevos efectos especiales, no fue bien recibida por la crítica ni por los fanáticos ortodoxos que reclamaban mayor fidelidad de la serie y no fuera tanta acción y explosiones. Su mayor logro fue desbancar a Titanic de la taquilla, después de 15 semanas.

Ahora llega Netflix con una propuesta que responde a esa petición. Tiene exactamente la misma premisa e incluso los mismos personajes. Maxwell Jenkins interpreta al joven Will Robinson, Tailor Rusell a Judy Robinson, Toby Stephen y Molly Parker interpretan a John y Maureen, la Dr. Smith es interpretada por la increíble Parker Posey, en la que no juega el rol de sabotear a la familia sin propósito sino que tiene una maldad sincera, y el robot es ahora una criatura mucho más detallada y elaborada con una misteriosa cara resplandeciente.

Pero esta vez la apuesta es por suprimir toda la apariencia retro de la original. No se trata de un homenaje que use imágenes de nostalgia, sino que da un reinicio sin preocuparse en atraer a un público más viejo. Tiene un tono emocionante y brillante en su esfuerzo técnico, y aunque también tiene escenas de acción no peca como la película de 1998, pues siempre mantiene al espectador con la sensación de descubrimiento.