ALFA Y OMEGA
POR ARMANDO JUAREZ BECERRA
La muerte, amigos lectores, no es el fin, es el génesis de un estado espiritual que de acuerdo con las promesas de Jesús el Crucificado, será eterno, es el principio de una nueva vida que nada tiene que ver con este mundo en el que hoy moramos, estado que habrá de revelarnos todo aquello que hoy ignoramos y que guardan con total hermetismo los arcanos del Santísimo Dios.
Al morir Jesús, o más bien al resucitar, nos reveló solo una pequeña parte de la gran inmensidad de secretos del cielo, nos dijo que hay vida después de la vida y que Dios existe para nosotros en algún lugar del infinito, presto a recibirnos en espíritu y asignarnos lo que el Destino nos deparó de acuerdo a nuestros actos en la tierra.
La humanidad entera, en su infinita ignorancia de lo que hay más allá de nuestro plano terrenal, vivimos como nos da la gana, abusando del libre albedrío otorgado con magnanimidad por Dios Eterno y nunca, o muy pocas veces, nos ponemos a pensar en que el exceso de disfrutes, es el daño que se le aplica al espíritu, es el veneno del alma que solo tiene cura en la misericordia de Dios.
Si, porque cuando un pecador descubre por si mismo que, si se deja llevar por ella, la maldad es el cáncer de su propia existencia y nadie, más que él mismo, puede redimir sus faltas antes de ir al tribunal de Dios, que seguramente es uno de los arcanos revelados por el propio Jesús.
El Hijo de Dios habló con energía cuando señaló que hay un lugar en el cielo donde se escuchará el rechinar de los dientes, de aquellos que no aprovecharon las fórmulas divinas que nos pueden redimir en vida, lo que nos puede condenar en la muerte.
La vida terrenal es hermosa y podemos ser felices en ella, si tan solo nos damos cuenta de que todo lo existente aquí en este hermoso planeta, fue construido por Dios para que los humanos lo disfrutemos.
Nada de lo que vemos, tocamos o escuchamos en forma natural, tiene otro sentido más que el bienestar nuestro y en teoría, es lo artificial, lo inventado por nosotros mismos, lo que nos lleva a dañar nuestra existencia.
Quizá si los humanos naciéramos con la inteligencia de una persona madura, otro gallo nos cantaría, ´porque la sensatez, desgraciadamente, solo se adquiere con la edad, con la experiencia.
Pero no es así, tenemos que aprender de la propia vida la calidad de nuestra existencia, porque al final no seremos más que lo que nosotros mismos construimos.
Y no me refiero al plano físico, porque ese lo modula el tiempo y no hay ser humano que se escape de ello; no, yo me refiero a lo espiritual y cada quien sabrá si su alma o su espíritu están convertidos en entidades deformes o si se consideran limpios como para merecer el Reino de Dios.
La fórmula puede ser el arrepentimiento, aderezado de una intachable conducta final.
P.D.-¿Usted que cree?.






