Por David León Romero.
“Las cosas más difíciles de soportar, son las más dulces de recordar.”
Séneca.
En días pasados, tuve la valiosísima experiencia de volver a correr un maratón. Esta prueba atlética contempla recorrer los 42 kilómetros y 195 metrosque separan la línea de salida con la de meta. Muchos corredores comparan el maratón con la vida. Un disparo de salida al que se llega con cierta preparación, con una estrategia de carrera que varía en su profundidad y calidad de un corredor a otro, y un recorrido con altas y bajas que concluye con el abandono durante la ruta o con el cruce de la meta.
Se podría pensar, en el maratón como en la vida, que quien llega mejor entrenado cosechará los mejores resultados; esta idea resulta errónea. La primera etapa se encuentra repleta de emociones, entre las que suele reinar el entusiasmo. Conforme los kilómetros avanzan y el tiempo transcurre, los momentos de dificultad comienzan a aparecer, algunos de mayor gravedad que otros, en los que el corredor debe echar mano de diversos recursos para superar el momento de agobio y seguir adelante.
Es justamente el concepto de resiliencia el que cobra valor a lo largo de esos momentos de mayor dificultad. Es la resiliencia el proceso de adaptación que el individuo realiza para sobrellevar la circunstancia y eventualmente salir de ella con éxito. La resiliencia no se trata de evadir, sino de enfrentar con ciertas herramientas los obstáculos o baches que el trayecto presenta.
Resulta en ello importante prepararnos de la manera más adecuada, pensando siempre en el mejor escenario posible, pero teniendo en cuenta que éste podría verse -en mayor o menor medida- modificado por las adversidades. Quien no se enfrenta a ciertos obstáculos durante su entrenamiento, suele sufrir mayores dificultades cuando estos en realidad aparecen. El someterse a periodos de estrés bajo condiciones controladas permite un mejor desempeño cuando el momento de adversidad aparece durante la competencia.

En el trayecto se duda, decide, ejecuta, experimenta y se aprende. Así, a lo largo de cada uno de los kilómetros que integran la carrera, se van tomando lecciones que fortalecen al corredor y resultan de utilidad en la siguiente oportunidad. Es la resiliencia la gran capacidad de navegar con rumbo acertado, avanzando, aunque sea poco a poco, en el sentido correcto; esta capacidad se asemeja mucho a la adaptación que suele experimentar la flora marina frente a las grandes corrientes, que flexiona sus tallos pero su elasticidad evita que se rompan.
En el momento de agobio, resulta más sencillo resolver cuando nos encontramos acompañados; la compañía no necesariamente debe ser presencial, sino puede suplirse con el afecto que habita en el corazón, con la fe que alberga en nuestro espíritu o el recuerdo que se archiva en nuestra memoria. Por ello resulta fundamental construir dicha presencia y estar a la vez presente de una u otra forma en la experiencia del otro.
Es lainteligencia emocionalotro gran valor de enorme utilidad durante el caos. El permanecer bajo control en los momentos de mayor apremio suele estar asociado con una mejor toma de decisiones. En una homilía reciente, el padre comentó: “los profetas nos enseñan a mirar alto y lejos, para no perder la calma”.
Por último, en este proceso de intentar vencer los obstáculos y seguir adelante, considero que el mantener un equilibrio sano entre el realismo y el optimismo resulta clave. Quien logra materializarlo, suele emplear adecuadamente sus recursos y esfuerzos, y por ende, obtener los mejores resultados.
En este maratón que es la vida, disfrutemos el trayecto y busquemos llegar de la mejor forma posible a la meta, cualquiera que ésta sea.
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