“Donde hay un ser humano, hay una oportunidad para la amabilidad”.
Séneca
Durante el 2024 en México, 8 mil 856 personas se quitaron la vida; 2.6 mujeres y 11.2 hombres por cada 100 mil individuos, siendo Chihuahua, Yucatán y Aguascalientes las entidades con mayores tasas. El suicido es un tema sumamente delicado y doloroso, que ha estado presente a lo largo de la historia de la humanidad, pero que ha incrementado su incidencia con el paso de los años.
Este pasado 10 de septiembre se conmemoró el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, fecha que debe servir para llamar la atención de cada uno de nosotros para atender y prevenir aquellas causas que están provocando que algunos no quieran seguir viviendo y vean en la muerte una opción más esperanzadora que su realidad.
Especialistas sostienen que las situaciones que viven aquellos que piensan en suicidarse resultan sumamente complejas y en muchas ocasiones son producto de un enorme sufrimiento emocional compuesto por malestar, desesperanza, angustia, ansiedad, miedo y desesperación. En voz de los mismos, el suicido se gesta en el interior del ser humano pero se alimenta del contexto y el entorno en el que éste se desenvuelve. Por si fuera poco, el cuadro se agudiza aún más en presencia de violencia, drogas, alcohol y padecimientos físicos.
El no encontrar sentido a la vida, la insatisfacción provocada por los resultados, el incumplimiento de falsas expectativas creadas por el entorno, el enfrentamiento de problemas y retos complejos, y el sentimiento de soledad y ausencia de respaldo, son algunos de los factores que pueden devenir en la idea del suicidio y en los intentos por concretarlo.
Me incomoda la idea de pensar que todos podemos abonar a profundizar un problema o a construir su solución, pero en este caso considero que efectivamente todos podemos participar; hago este planteamiento pensándome desde los zapatos de alguien que no atraviesa por una crisis aguda. Lo que hacemos o dejamos de hacer tiene impactos emocionales importantes en las personas que nos rodean.
Nuestra empatía, respeto y cordialidad en el trato a los seres humanos con quienes interactuamos resulta más significativo de lo que creemos. Desafortunadamente, el agobio en muchas ocasiones resulta imperceptible, y a menos de que conozcamos profundamente a la persona, resulta difícil percatarnos de la tormenta por la que atraviesa. Frente a ello, un gesto de amabilidad puede ayudar o una descortesía puede agravar la situación.
Debemos promover el fortalecimiento de nuestras habilidades sociales para generar relaciones de respeto que abonen a la construcción del individuo, a generar pertenencia y comunidad, alejándonos de la violencia, del juicio y de la crítica destructiva. Debemos procurar espacios para hablar más y con mayor profundidad de la salud mental, buscando así quitar el estigma que el tema implica, facilitando el acceso a especialistas que puedan brindar ayuda a quien lo necesita.
Además de esto, abrir bien los ojos y estar atentos al estado que guardan las personas que nos rodean, puede ayudar a detectar algún problema de esta índole. En caso de que tengas dudas de ello, el acercarte, ofrecer apoyo, escuchar y conversar podría ser de utilidad para encontrar señales de advertencia. En caso de confirmarse la sospecha, el paso inmediato siguiente es pedir ayuda de profesionales para atender la situación.
Por otro lado, si no te sientes bien y te identificas con alguno de los elementos aquí descritos, pide ayuda inmediatamente; todo pasa, todo se resuelve y -por encima de todo- lo más valioso que existe en este planeta eres tú.






