POR: DAVID LEÓN ROMERO.
“Las circunstancias no hacen al hombre, solo lo revelan”.
Epicteto
El Día de Acción de Gracias se celebra en Estados Unidos y Canadá el cuarto jueves de noviembre. Es una tradición profundamente arraigada y valiosa, que bien vale la pena conocer y tener presente. Esta fecha forma parte del calendario oficial de feriados en territorio estadounidense y convoca a las familias a reunirse en torno a la mesa para dar gracias; además, la festividad suele acompañarse de desfiles y eventos deportivos.
La historia señala que la celebración data de 1621, en Massachusetts, cuando los peregrinos británicos agradecieron la primera cosecha obtenida después de condiciones climáticas sumamente adversas, compartiéndola con las familias nativas. Para 1789, el presidente George Washington emitió la primera proclamación nacional de Acción de Gracias, invitando a dedicar un día a expresar gratitud por el fin de la Independencia y los avances alcanzados hasta ese momento. Más tarde, en 1863, el presidente Abraham Lincoln fijó la conmemoración en el último jueves de noviembre, fecha que prevalece hasta nuestros días.
Pareciera que, en el marco de esta celebración, todo —o casi todo— se detiene para dar espacio al agradecimiento. Ese simple ejercicio de hacer una pausa me parece especialmente valioso; detenernos es útil para prestar atención a los detalles, a lo importante, a lo realmente significativo. Más aún si esa reflexión desemboca en agradecer, independientemente del proceso personal o coyuntura que estemos atravesando.

La gratitud es profundamente valiosa y poderosa. Considero que, junto con el perdón, es uno de los valores más importantes entre los seres humanos. Vivir con gratitud transforma nuestro estado de ánimo y, al expresarla, también modifica el estado de ánimo de quienes nos rodean. Esta capacidad de apreciar lo esencial de nuestra vida genera emociones íntimamente relacionadas con la satisfacción, el optimismo, la fortaleza de nuestra autoestima y la mejora de nuestras relaciones sociales.
Por si esto fuera poco, cultivar la gratitud —entendida como reconocer y valorar lo positivo en nosotros, en nuestro entorno y en los demás— trae beneficios físicos, mentales y emocionales que se traducen en mayor bienestar.
Quien agradece suele sentirse más feliz y satisfecho con su realidad, su familia y sus amistades. También tiende a ser más compasivo, comprensivo y empático. Y suele experimentar y transmitir esperanza, resiliencia y entusiasmo. Todas estas son herramientas poderosas para enfrentar un entorno lleno de adversidades, retos y complicaciones, como lo es la vida de cualquier persona.
La gratitud, además, detona la liberación de neuroquímicos esenciales como la oxitocina, la dopamina y la serotonina, responsables de generar efectos positivos en nuestra mente y cuerpo. Estudios señalan también que la gratitud favorece una mejor respuesta ante el estrés, protegiendo nuestra salud mediante la reducción de la presión arterial y un ritmo cardiaco más estable.
Hay mucho en esta vida que agradecer. Esa sensación de apreciación nos permite valorar incluso los detalles más simples, generando un estado de ánimo distinto. Por ello, valdría la pena “importar” y tropicalizar el Día de Acción de Gracias, para experimentar la gratitud con nosotros mismos y con quienes nos rodean, transformando de manera positiva nuestro estado de ánimo y contribuyendo, a la vez, a mejorar el de quienes interactúan con nosotros.





