JUSTA MEDIANÍA.
Por: David E. León Romero
Convivo rutinariamente con la cuenca del río Balsas; lo observo casi diariamente desde hace 4 años. Mientras por meses —incluso años— sus niveles permanecieron sorprendentemente bajos, las últimas lluvias del mes de septiembre provocaron escurrimientos tan importantes, que llevaron al límite las presas que lo interrumpen, provocando así niveles de almacenamiento y volúmenes de desfogue históricos. Las afectaciones a las comunidades y los daños a la infraestructura se presentaron en distintos puntos de su recorrido.
El agua nos está dando avisos realmente preocupantes en distintos puntos del planeta que nos obligan a acelerar acciones para lograr adaptarnos a las circunstancias actuales y mitigar de manera radical los riesgos que ella encarna, además de disminuir los impactos que nuestras acciones tienen sobre la misma.
Las afectaciones son globales; en sólo algunos días, regiones de los Estados Unidos sufrieron de devastadoras inundaciones, mientras el territorio mexicano, especialmente el guerrerense, se vio impactado una vez más por precipitaciones muy importantes que interrumpieron la recuperación y ahondaron los efectos de Otis, huracán que afectó Acapulco hace justamente un año; las consecuencias de los grandes volúmenes las sufren también comunidades asiáticas y europeas. En contraste, como un botón de muestra, la situación por la que atraviesa el Canal de Panamá, que depende especialmente del agua de lluvia, que, cuando ésta escasea, afecta sus niveles y con ello sus operaciones y el tráfico que despacha.
Es necesario que México y los sectores que lo componen logremos juntos ganar territorio a los retos y problemáticas que en materia de agua se nos presentan. La vida de nuestras comunidades y el desarrollo económico de nuestro país requiere agua en calidad y cantidad suficiente. El trabajo en equipo entre el Gobierno y la iniciativa privada provocará valiosas soluciones.
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