ALFA Y OMEGA
ARMANDO JUAREZ BECERRA
Eramos nueve hermanos, cinco varones y cuatro mujeres, mi padre Don Rómulo y mi madre Paulita. Hoy, de esa hermosa y sólida familia solo quedamos Lydia mi hermana mayor y yo, que gracias a Dios nos mantenemos muy unidos en la fraternidad, en honor a los valores morales que nuestros padres nos inculcaron.
Ayer nos reunimos con nuestras sobrinas, sobrinos y dos amistades de ambos, con motivo de la proximidad del natalicio de Jesús de Nazareth; nada que ver con aquellas reuniones de hace años, cuando vivía aún toda mi familia, tiempos aquéllos en que nos juntamos hasta setenta descendientes de aquel frondoso árbol de donde brotó el clan que mi padre fundó, junto con el amor de mi madre.
Ni nada que ver el jolgorio de aquellos tiempos que se desbordaba después de los cánticos navideños, de los villancicos que alegraban la “acostada” del Niño Dios, del reparto de colaciones, dulces y cacahuates, trozos de caña y los buñuelos que nunca faltaban.
Los padrinos del Niño Dios, antes de acostarlo lo pasaban ante todos los concurrentes para que lo adoraran y le desearan las buenas noches, después de haber nacido en aquella casa en que todo éramos y seguimos siendo, cristianos.
Luego los brindis, la cena y el indescifrable coloquio entre setenta personas donde se perdía el hilo de la charla porque cada quien hablaba al mismo tiempo y como madeja de hilo grueso, se enredaba hasta convertirse en una especie de “cena de negros”.
El Niño Dios, aquella fina figura que desde hacía mucho tiempo había sido bendecida, representaba el espíritu de Jesús Niño, pero en realidad, yo estoy seguro que cada quien de nosotros lo llevábamos bien cincelado en nuestro interior, en nuestra conciencia, porque así lo había decretado la costumbre de adorarlo cada domingo y cada fin de año.
El Espíritu de Jesús estaba ahí con nosotros y desde su altar al que se le llamaba “nacimiento”, nos vigilaba para que aquellas reuniones se desarrollaran dentro lo permitido por los cánones católicos y la educación moral de aquélla mi familia.
Hoy quedamos solo dos de todo aquel gran ramillete de hermanos, que poco a poco fueron llamados al Reino de Dios, desde donde seguramente seguirán con aquellas costumbres tan arraigadas de bendecir al Salvador, pero ahora con su real presencia espiritual en todo su esplendor.
Sin embargo, mi hermana y yo disfrutamos la celebración, ayer como en aquellos tiempos, a pesar de la ausencia física de los que se fueron con Dios, pero estoy seguro que todos, incluyendo a mi padres, estuvieron ahí, animándonos disfrutando desde su Santo Retiro todo el amor que desde siempre nos prodigaron y que aún vive en nuestros corazones, tan fresco como siempre.
Ayer, durante el desarrollo de la reunión, me puse a reflexionar que Dios vivirá por siempre, mientras existan los seres humanos, porque somos precisamente nosotros, sus hijos, quienes lo recibimos al nacer, lo llevamos al vivir y lo transmitimos al morir.
Luego entonces, esto me lleva a pensar también que la raza humana nunca desaparecerá, mientras Dios exista en el Universo.
P.D.- Dulces Recuerdos.





