POR DAVID LEÓN ROMERO.
“El hombre conquista el mundo al conquistarse a sí mismo.”
Zenón de Citio.
Somos 126 millones de mexicanos en territorio nacional, de los cuales, poco más de 60 millones pertenecemos al grupo catalogado como población económicamente activa. En contraparte, existe otro grupo catalogado como población no económicamente activa, compuesto por poco más de 41 millones de personas; no obstante, aunque estos últimos no tienen actividad económica, están ocupados en labores de tal nivel de importancia, que no les permiten buscar o en su caso aceptar un empleo.

La actividad es clave para el desarrollo humano. Estar activos tiene una implicación directa en la salud física, mental y emocional. Movernos nos mantiene sanos. Tener una rutina de actividades permite al individuo estimular su cerebro y con ello fortalecer su capacidad de atención y concentración. Usualmente la actividad incentiva y fortalece las relaciones sociales. Es decir, en todo sentido, mantener una serie de actividades a lo largo del día fortalece nuestro bienestar.
¿Pero qué pasa con aquellos que por una u otra razón no tienen actividad? Cuando nos volvemos sedentarios e inactivos, el deterioro comienza; no es solo que no obtengamos las recompensas de la actividad, sino que nuestros distintos indicadores disminuyen. El impacto en la salud física, mental y emocional es muy poderoso.
Imaginemos un organismo diseñado para la acción y el desplazamiento, que paulatinamente con el paso de las generaciones, comienza a disminuir sus niveles de actividad, lo que provoca que la energía que ingiere sea mucho más grande que la que requiere para sus acciones, acumulándose -naturalmente- en sus tejidos mermando inmediatamente su salud física; contrario a lo que se pudiera pensar, la falta de actividad provoca una disminución de energía, lo que inserta a la persona en un espiral descendente de la que resulta difícil salir.

No obstante, considero mucho más significativo el impacto a nivel mental; el individuo inactivo sufre apatía y falta de motivación, lo que deviene -en la mayoría de los casos- en preocupación por el pasado y el futuro, provocando en ciertas ocasiones padecimientos sumamente dolorosos como la depresión y la ansiedad. El conjunto impacta directamente el autoestima, que, en mi opinión, es una especie de flotador que regula nuestro estado de ánimo.
La falta de actividad nos aísla generando cierto nivel de desconexión con aquello que nos rodea. Por todo esto, es sumamente relevante estar atentos a nuestros niveles de actividad y el análisis de las acciones en las que invertimos nuestro tiempo. Además, es importante ser empáticos y sensibles ante las situaciones que pudieran enfrentar las personas que se encuentran a nuestro alrededor.
Fomentar la actividad en su justa medida será de gran utilidad para nosotros y para nuestras comunidades. Lamentablemente, los estímulos que recibimos del entorno nos invitan al sedentarismo y al consumo de información poco significativa frente a nuestras pantallas.

Como en todo, el planteamiento del problema se vuelve parte de la solución, por ello, el diagnóstico cobra enorme relevancia. Posterior a esto, el establecimiento de rutinas sencillas y prácticas, aunque sean reducidas, suele ser de gran utilidad. Las actividades que componen dicha rutina deben combinar el movimiento y el pensamiento, lo que se traduce en beneficios a nivel físico y mental; la combinación deberá incluir también -idealmente- actividades de carácter individual y grupal. La actividad moderada se traduce en bienestar, a movernos.
#ElReporteroMX #InformacionenTiempoReal






