POR GILDO GARZA.
Francisco Cuéllar Cardona y yo compartimos algo que pocos comprenden: somos sobrevivientes.
Sobrevivimos a la muerte, al desplazamiento forzado por amenazas y atentados del verdadero crimen organizado; sobrevivimos también al veneno de la política, esa mezcla tóxica de corrupción y poder que, al final, termina siendo lo mismo.
Durante la campaña al Gobierno de Tamaulipas tuvimos diferencias: él jugó en rojo, yo en azul. Pero eso no borra lo que vivimos juntos en trincheras que valen más que cualquier afinidad partidaria. En la salida de Egidio y la entrada de Cabeza de Vaca, nuestras familias y nosotros padecimos violencia —delincuencial, de esa que en verdad desaparece periodistas—.
Le vimos los ojos al diablo.
Nunca olvidaré que Cuéllar me dio mi primera oportunidad en El Expreso Mante. Ahí empezó una deuda de gratitud que no se paga con ataques. Tuvimos roces, sí, pero hablamos y aclaramos las cosas. Siempre le agradeceré que, un día, me quitó el hambre: me dio la oportunidad de publicar cuando todo lo demás fallaba, en una tierra que no era la mía.
También hemos sido heridos por el mismo gremio.
Sé perfectamente que tengo más detractores que amigos en la prensa de Tamaulipas; puedo contarlos con los dedos. Algunos incluso me han atacado públicamente, buscando lastimar, pero eso no me ciega ni me ha hecho cosquillas. Jamás moverán mi núcleo; lo tengo bien cimentado. Sé quién me ha tendido la mano y quién disfruta de vernos despedazados.
Hoy me duele ver a quienes un día recibieron la mano de Cuéllar despotricar contra él y su familia. Eso es exactamente lo que esperan los enemigos: que nos dividamos, para que, cuando maten a otro compañero o compañera, estemos fragmentados y débiles.
Cuellar seguirá siendo quien es: el segundo hombre del gobernador, un periodista conocido y alguien de confianza para mucha gente. Yo seguiré siendo quien salió de Tamaulipas, amenazado por exhibir la corrupción en el gobierno de Cabeza de Vaca, para después brillar a nivel nacional e internacional.
Que digan lo que quieran: mientras algunos se oxidan en sus escritorios, nosotros seguiremos haciendo lo que sabemos hacer —periodismo serio, con pruebas, exponiendo verdades y defendiendo a quienes ya no tienen voz—.
Cuéllar, algún día, dejará de ser funcionario público, y entonces se verá quién realmente lloraba por sus privilegios.
Les sea leve.







