ALFA Y OMEGA
ARMANDO JUAREZ BECERRA
El pasado de todo ser humano, se torna presente cuando este pone su mente a funcionar en sentido retrospectivo, se vuelve a vivir lo vivido y se deja latente la vida presente, es decir, viaja al ayer en el tiempo y se coloca en el tribunal de su propia vida, porque es cuando valora lo bueno y lo malo de sus propios actos y dicta su propia sentencia.
El hombre en si mismo es su propio juez, es su conciencia a la que no puede engañar ni ocultarle nada y cuando se auto somete a un estricto escrutinio de su paso por la vida, es cuando emergen los recuerdos, buenos y malos, que lo llevan a valorar el paso por su existencia terrenal.
En esta vida no existe ningún ser humano perfecto, Dios nos creó perfectibles para que cada quien, de acuerdo a su libre albedrío, se conduzca según los dictados de su formación moral y emocional, bajo el dominio del bien o del mal.
Sin embargo, a los hijos de Dios, aún pecadores, nos puede salvar una puerta que El dejó abierta para ese fin: El arrepentimiento.
Porque no hay ser humano en el mundo que no haya cometido faltas contra la moral Divina, unas menores, otras mayores y todas, de acuerdo a las promesas de su Hijo Jesús, tienen cura, si su espíritu lo lleva a arrepentirse con humildad y con verdad, de lo que considere hayan sido sus errores humanos.
Quizá, creo yo, la única falta imperdonable sería aquella que atente contra la esencia Divina del Creador no lo se, pero tanto nuestro padre biológico, como nuestro Padre Celestial, son seres a quienes les debemos la vida y eso, pues sencillamente es sagrado.
Por supuesto que el balance final de nuestra existencia se llevará a cabo cuando Dios nos mande llamar y tengamos que acudir al tribunal Supremo, ahí donde todo lo que hicimos será exhibido en la pantalla virtual de la conciencia y será entonces cuando lleguemos a entender todo lo que hasta ahora son arcanos no revelados para ningún humano.
Por eso es bueno que hoy, cuando aún nuestra mente, nuestro espíritu y nuestra conciencia pueden discernir sobre la importancia del tiempo que aún nos queda por vivir, logremos dominar el ímpetu de lo negativo y apliquemos cada minuto a predicar el bien con hechos y actos de bondad.
Quizá estemos a tiempo de redimir todo aquello que nos puede pesar en el camino y en la llegada a la morada final.
Quienes hemos pasado el umbral de la juventud y hemos llegado a los linderos de la vejez, tenemos que dar Gracias a Dios por ello, pero no hay gratitud que valga sin obra buena que la avale.
Yo, como buen cursillista he encendido ya mi propia luz que habrá de iluminar lo que falta de mi camino, el que espero que sea aún lo bastante largo para nivelar mi cuenta espiritual.
P.D.-Hay tiempo para todo, para vivir y para morir.





