ALFA Y OMEGA
ARMANDO JUAREZ BECERRA
En el arcón de mis recuerdos encontré esta columna que escribí hace varios años, la repito esperando que les guste a mis tres lectores.
El domingo 28 de agosto se celebró el “Día de los Abuelos” y mi excelente amigo Francisco Vela, a quien cariñosamente le digo “El Pacorro”, me hizo llegar vía WhatsApp una canción interpretada por un español de edad avanzada, pero con una voz extraordinaria y cuya letra narra grandes verdades respecto a lo que cada uno, como yo, hombres ya ochentones, hemos acumulado, o perdido a lo largo de la vida.
La verdad, la canción movió mis más sensibles fibras y me hizo recordar los días felices de mi vida, aquellos hermosos momentos que disfruté al lado de mis padres primero, de mis amigos, de mi esposa y de mis hijos después y que hoy añoro con infinita melancolía.
La canción habla de un viejo que toda su vida la entregó en bien de su familia, pero que hoy, con la ausencia de su esposa se acentúa la sensación de alejamiento de sus hijos, a pesar de que los tiene cerca y vive con ellos.
El abuelo de esa melodía cantada percibe que es tratado por su propia familia, con cierto comedimiento, pero como si se tratara de un objeto y no como un ser humano que siente, que piensa y que, sore todo, los ama a todos.
Cierto, sus pequeños nietos lo quieren, pero ellos no saben que sus padres lo sientan en el rincón para que no estorbe y lo callan “porque él no sabe lo que pasa”.
Él, quien toda su vida trabajó para acumular un patrimonio que ya les repartió para quedarse si nada, ahora se sienta lejos del grupo familiar, para no molestar con su presencia, ni para intervenir en los asuntos que les atañen.
Quizá su familia no se ha dado cuenta de que ese viejo que hoy es abuelo está muriendo de pena y de sentimiento, sin el calor de sus hijos y con la ausencia de su esposa a la que tanto amó.
Podría decirse que no se trata más que de una canción, pero esa es la realidad de la vida, por eso creo que quienes llegamos a una edad avanzada, debemos cambiar el valor de nuestros afectos, mirando hacia lo que viene y no hacia tras.
Es bueno pensar que hay un ser Omnipotente que nunca nos ha dejado de amar, que vive con nosotros hasta el último minuto de nuestra vida y luego nos acompaña a la región eterna donde los abuelos habrán de descansar.
Yo estoy convencido de que la felicidad de ayer y el sufrimiento de hoy, son compensaciones de una ley no escrita que nos prepara para el viaje final, para poder llegar a Dios con el alma limpia, equilibrada y en santa paz espiritual.
Estoy seguro también de que ningún abuelo guarda rencores contra sus hijos por nada que se considere injusto, él siempre querrá que les vaya bien y que nunca vayan a sufrir una vejez igual.
Porque más que estar sentado en una esquina de la casa, para el abuelo es peor vivir en un rincón del alma.
P.D.- Y los nietos preguntan ¿A dónde habéis llevado al abuelo?, porque cuando seáis mayores, allí los llevaremos luego





