ALFA Y OMEGA
ARMANDO JUAREZ BECERRA
Eran otros tiempos y sí, eran tiempos mejores, eran tiempos donde había seguridad para todos, era cuando, según los abuelos ‘amarraban a los perros con longaniza», eran épocas donde nadie competía por ser más rico, sino por ser más feliz y la mayoría lo lograba, sin tanto presunción como ahora.
Pocos eran los que vestían con ropa de marca, no había Polo, ni Náutica, ni Nike, o al menos no eran marcas que llegan a inundar los mercados provincianos de ningún país del mundo y salvo las élites de esos tiempos o los «elegidos de los dioses» miembros de la realeza, nadie se preocupaba mucho por «lo nice».
Era la vida el espacio que Dios le dio a la humanidad para disfrutar su paso por la existencia y así era, salvo aquellos brotes de violencia en los países donde surgían, como en todos los tiempos, hombres y gobiernos hambrientos de poder y que a través de la guerra y la muerte buscaban dominar al mundo.
En pueblos como el mío, es decir, donde yo nací, el tiempo transcurría sin sentirse, como si no existiera, se deslizaba lento y las horas se alargaban para darnos la oportunidad de hacer nada, o todo, sin mayor preocupación que la de hacer lo que se nos diera la gana.
Allá en mis años de infancia, la gente decía que levantándose se desocupa y por cierto, se levantaba diez minutos después de que se les pegara la misma gana.
No, no es cierto es alegoría de mis recuerdos para reforzar la idea de que pocas eran las preocupaciones de la gente, porque es justo decirlo, en mi pueblo los jefes de familia se dedicaban con pasión a buscar el bienestar de sus seres queridos, eran
hombres del campo y la ciudad, enfrascados en la tarea de lograr el fruto de la tierra, del comercio o del trabajo en la empresa ferrocarrilera.
No había crímenes en esos tiempos, no existían los secuestros, ni los vicios como hoy, la drogadicción era actividad lúdica propia de la soldadesca, de los hombres de la guerra.
Las cárceles de aquellos tiempos, al menos en mi pueblo, eran prácticamente lugares simbólicos sin clientes permanentes, pocos delitos y de poca monta no ameritaba la existencia de jueces o agentes del ministerio público.
Pero se vivía feliz, todos nos conocíamos y nos hablábamos por nuestro nombre, la solidaridad era uno de los sellos distintivos de aquellos tiempos en aquel bello pueblo de mi infancia, donde los velorios por defunción, pero también las fiestas familiares, eran motivo de reunión de la comunidad entera, en franca demostración de amistad verdadera.
En aquellos tiempos y en aquel pueblo, ni el dinero ni el poder eran para nosotros los valores de la vida, solo Dios era la esperanza de una existencia mejor y en Él se volcaban la Fe, la Caridad y el Amor, traducidos en actos de bondad que al final de cuentas, eran la moneda de cambio del alma, que nos conducía hacia la paz del espíritu.
P.D. Siempre tiempos pasados fueron mejores
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