ALFA Y OMEGA
ARMANDO JUAREZ BECERRA
Recién regresábamos mi familia y yo a radicar a Ciudad Madero, luego de siete años en Ciudad Valles donde me desempeñé como director de El Diario de Valles y después de otros siete en Ciudad Victoria como Sub Director en el DIF Tamaulipas manejando el área de Comunicación Social; ya aquí en la capital petrolera nos instalamos en una casa que adquirí en la Colonia Unidad Nacional.
Con nosotros venía un hermoso cachorro pastor alemán al que mis hijos bautizaron con el nombre de “Rocky”. Era su mascota adorada que hasta dormía con ellos en su recámara.
“Rocky” fue creciendo muy rápido y pronto llegó a ser un perro enorme, alimentado con los huesos que quedaban en el restaurante que abrí por la avenida Universidad.
Era el “Rocky” la admiración de propios y extraños al mirarlo tras las rejas de la casa, donde ni las arañas se atrevían a hacer su nido. Su figura inspiraba respeto y nadie en su sano juicio osaba ni siquiera a meter la mano so pena de sufrir tremendo mordisco.
Cierto día un despistado gato tuvo la mala ocurrencia de bajar del techo para ganarle con la comida al “Rocky”; nunca lo hubiera hecho, fue víctima de una revolcada que estuvo a punto de quitarle la vida, pero eso sí, jamás se le volvió a ver por las cercanías de mi casa.
No obstante su bravura, “Rocky” entendía muy bien las reglas de la convivencia pacífica, pues en la calle, con su collar y cadenas colocados para salir a caminar, respetaba a todo mundo y solo se alebrestaba cuando se le acercaba algún congénere o alguna perruna de su misma raza.
Tuvo muchas novias el “Rocky”, era como el adonis de la cuadra de las calles Sonora y Morelos de la Unidad Nacional y hubo por esos lares muchos pastorcitos alemán, que resultaron como clonados por su poderoso padre.
Otro día no sé de donde salieron, o más bien entraron, tres gallinas y un gallo que parecía de pelea que se introdujeron por la reja al interior de la casa y vaya escandalera que se armó.
El “Rocky”, que estaba dormido, al escuchar el cacaraqueo y ver que le estaban ganando con su plato de comida, les cayó de improviso al grupo de gallináceas y se armó el alboroto, pues mientras el perro trataba de alcanzar a una gallina, el gallo de pelea se le iba a picotazos sin medir las consecuencias; daba dos o tres rapidísimos espolonazos y volaba a tres metros de altura, mientras las gallinas corrían como locas por el lugar sin encontrar la salida seguramente por el miedo que se cargaban.
Las aves no corrieron, volaron y de milagro salieron ilesas, no así el gallo que sucumbió en las fauces del “Rocky”.
Pero como es natural, el “Rocky” envejeció y ya la gente no le decía por su nombre, ahora le llamaban el “Ruco”.
Mi fiel perro vivió quince años y le pesaba tanto la vida que hasta para ladrar se recargaba en la pared.
Le lloramos cuando los veterinarios nos recomendaron que “fuera dormido”, para que ya no sufriera
“Rocky” fue parte importante en mi familia durante todo ese tiempo y siempre supimos que estaba dispuesto a dar la vida por cualquiera de nosotros.
P.d.- Descanse en paz el “Rocky”.
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