ALFA Y OMEGA
ARMANDO JUAREZ BECERRA
Ayer se hubieran cumplido 56 años de mi matrimonio con Yolanda, pero Dios la mandó llamar a su Reino y fue entonces que aquel idilio que surgió en la juventud, quedó trunco en la vida terrenal, pero que seguramente será perpetuado en la vida eterna, cuando me toque a mi acudir al llamado del Ser Supremo.
Siempre he pensado y lo he dicho, que la vida no es más que el principio de la muerte, el ser humano comienza a morir desde el momento mismo en que nace y eso no es más que lógica pura, solo que nadie sabe cuando le será cortado el hilo que nos mantiene aferrados al mundo material.
Al nacer, Dios nos proporciona cuerpo y espíritu y al morir solo el cuerpo fenece, el espíritu viaja al Reino de Dios y ¿Quién sabe? para vivir eternamente o para reiniciar una nueva vida en lo que se conoce como reencarnación.
Por eso también pienso y lo he dicho, que nadie se muere ni desaparece totalmente de este mundo, simplemente se vuelve invisible.
Cierto que duele la muerte de un ser querido, pero creo que nunca se va del todo, sino que permanece su alma o espíritu en nuestro ámbito familiar, de tal manera que después de su fallecimiento suceden hechos inexplicables a nuestro alrededor que nos hacen pensar que aquí sigue su presencia espiritual.
Pero no son más que ideas mías, resultado de reflexiones en tiempos de paz y tranquilidad, momentos en que quizá Yolanda esté a mi lado sin que yo la pueda ver, pero su espíritu y el mío estén jugando y platicando en otra dimensión que nadie conocemos.
Esta columna de hoy la dedico con todo respeto a mi entrañable amigo Raúl Pazos Dávila, quien el viernes sufrió la pérdida de su esposa Ana María.
Ayer le decía a mi amigo Raúl que ese difícil trance ya lo viví hace 8 años y que en esos momentos no hay palabra que logre borrar todo el dolor que produce la presencia de la muerte.
Sin embargo, el tiempo es el principal bálsamo para curar las heridas del alma y yo le deseo a Raúl y a su familia, que Dios les haga llegar pronto el Don de la Cristiana Resignación.
Se bien que es un proceso lento, pero el espíritu de cada quien nos lleva a soportar la desgracia, es como un escudo protector que nunca nos abandona, vive en nosotros.
Más como en el caso de Raúl, él y su esposa eran inseparables, ella lo acompañaba a casi todos los eventos a donde por su trabajo tenía que asistir.
Amigo Raúl, descanse en paz tu esposa Ana María, que Dios la haya recibido con amor y le permita morar en su Reino por siempre.
P.D.- La Fe en Dios nos vuelve inmunes en la muerte.






