ALFA Y OMEGA
ARMANDO JUAREZ BECERRA
Un amigo me hizo llegar vía whats app un relato que me conmovió sensiblemente y me hizo reflexionar sobre la banalidad de las cosas materiales, comparadas con lo sublime de las que alimentan el alma.
Trataré de sintetizarlo:
La historia se refiere a un hombre sumamente rico, a quien un amigo le preguntó si recordaba cual fue el momento en que se sintió el hombre más feliz de la tierra.
El acaudalado sujeto le respondió que hubo cuatro etapas en su vida en que creyó ser muy feliz, pero fue la última la que le hizo entender cual era la verdadera felicidad:
Le contó a su amigo que la primera etapa de su vida fue acumular riquezas, la segunda la dedicó a comprar joyas, y todo tipo de cosas de gran valor, la tercera fue la que lo llevó a la operación de grandes proyectos petroleros y se convirtió en el armador más importante de Europa, pero ninguno de esos momentos lo hizo tan feliz como la cuarta etapa de su existencia.
Y entonces le dijo a su amigo que una sociedad de beneficencia le pidió que regalara unas sillas de ruedas para niños discapacitados y que de aceptar, los acompañara a entregarlos personalmente.
El hombre de esta pequeña historia compró 200 sillas de ruedas y aceptando la invitación, acompañó al grupo para entregarlas personalmente a los niños.
Y le confesó a su amigo que al entregar cada aparato veía un brillo luminoso en los ojos de aquellos pequeños, gustosos de poder tener al fin lo que tanto anhelaban.
Sentí, le dijo, una gran alegría dentro de mí y cuando terminó el acto de entrega y me disponía a dejar el lugar, uno de los niños me miró a la cara y luego me abrazó las piernas con fuerza; me agaché y le pregunté al niño ¿necesitas algo más?.
La respuesta de aquel niño no solo me hizo feliz, sino que también cambió mi actitud ante la vida por completo, confesó el hombre rico.
Pero lo que me dijo enseguida, llegó hasta el fondo de mi alma y derrumbó por completo mi percepción sobre la riqueza material, manifestó aquel hombre a su amigo.
El niño, sin soltarse de mis piernas, miró hacia arriba y me dijo “Quiero recordar tu rostro para que cuando te encuentre en el cielo, pueda reconocerte y agradecerte una vez más este regalo que me diste hoy”.
Ese, querido amigo, casi musitó el hombre rico, ha sido el momento de mayor y auténtica felicidad en mi vida.
Y la pregunta que le hago al mundo es, pensó en voz alta aquel magnate, ¿alguien deseará volver a ver tu rostro allá donde mora el Supremo Dios”?.
Hasta ahí el relato o cuento, como usted lo quiera entender, pero en verdad, hoy em día cada vez más la humanidad va dejando los valores morales a un lado y dedica más su tiempo para adorar al becerro de oro, ídolo creado por los antiguos israelitas en el Monte Sinaí,
P.D.- La felicidad, amigos, no se compra con dinero, nos la regala Dios, si nuestro espíritu la merece.






