Por Luis Enrique Arreola Vidal.
Pero su ética austera, su pensamiento subversivamente sensato y su mirada luminosa sobre la política siguen respirando en cada rincón del continente.
Fue guerrillero, fue preso, fue presidente.
Pero, sobre todo, fue un filósofo que entendió que la revolución verdadera no se hace con fusiles ni decretos, sino con coherencia, cultura política y una visión profundamente humana del poder.
Su legado —el llamado “modelo uruguayo”— trascendió las fronteras de su país pequeño para convertirse en brújula de estadistas, académicos y ciudadanos que todavía creen que otra América Latina es posible. Una que abrace el capitalismo sin rendirse a él.
Que redistribuya sin empobrecer. Que gobierne con ideales, pero sin dogmas.
- De la guerrilla al gobierno: la metamorfosis del líder.
Nacido el 20 de mayo de 1935 en Montevideo, Mujica fue testigo de las desigualdades de una América Latina fracturada.
Militó en el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros en los años 60, fue capturado, torturado y encerrado durante más de una década en condiciones infrahumanas.
Pero al salir de prisión, no se abrazó al rencor. Se convirtió en el símbolo de lo impensable: el insurgente que hizo las paces con la democracia… y la mejoró.
“No soy marxista”, diría más tarde. “Mi filosofía es más vieja que el cristianismo: el estoicismo”.
Y vivía como pensaba: en una modesta chacra, con su Volkswagen Beetle de 1987 y donando el 90% de su salario. No era marketing político.
Era convicción.
“¿Eso les sorprende? Entonces este mundo está loco porque le sorprende lo normal”, dijo a la BBC en 2014.
- El modelo uruguayo: progresismo sin espejismos.
Durante su mandato (2010-2015), Uruguay no solo creció económicamente (4% anual sostenido, incluso durante la crisis de 2009). También redujo la pobreza del 18.6% al 9.7%, disminuyó la desigualdad, controló la inflación y amplió las libertades civiles.
Pero más importante aún: lo hizo sin populismo, sin militarización, sin culto a la personalidad.
Su secreto: gobernar desde la izquierda sin pelearse con la realidad.
“No se puede renunciar al crecimiento económico, porque nos da los medios para tener políticas sociales y atenuar las injusticias que el capitalismo solo no puede resolver”, afirmó en una entrevista con El Tiempo en enero de 2024.
- Y añadió una advertencia precisa:
“El capitalismo necesita maximizar las ganancias siempre. Por eso hay que sacarle algo, pero no tanto como para que no siga tirando”.
Mujica entendía el mercado como un instrumento, no como un enemigo.
Su visión inspiró políticas en Brasil, Ecuador y Bolivia. El Bolsa Familia de Lula, el énfasis en infraestructura de Correa y las reformas sociales de Evo Morales tomaron nota del laboratorio uruguayo.
- Legalizó la marihuana con un enfoque pionero:
“Hay que arrebatarle el mercado al narco y tratar al consumidor como enfermo, no como criminal”.
Eso era Mujica: audaz, pero sensato. Disruptivo, pero medido.
Un pensador para el planeta.
En la Cumbre de Río+20 (2012), no habló como presidente, sino como profeta.
“La gran crisis no es ecológica, es política. El hombre no gobierna hoy a las fuerzas que ha desatado, sino que esas fuerzas gobiernan al hombre”.
Criticó el hiperconsumo que devasta el planeta y desafió el fetiche del crecimiento infinito:
“Si se paraliza el consumo, se detiene la economía. Pero ese hiperconsumo es el que está agrediendo al planeta”.
Vivía con poco para demostrar que el verdadero poder no se mide en posesiones, sino en propósito.
- Más difícil que cambiar la propiedad: cambiar la cultura
“El cambio revolucionario no es solo un cambio de propiedad. Cambiar la cultura es la marcha más difícil”, afirmó en Miradas al Sur.
Y tenía razón. Mujica entendía que una izquierda funcional no solo redistribuye riqueza: cultiva ciudadanía. No solo regula mercados: promueve comunidad.
“La política tiene que luchar para que sobreviva la sociedad”, dijo. Y su lucha fue silenciosa, paciente, sin reflectores. Con un discurso, sí, pero sobre todo con ejemplo.
Incluso en su última etapa, debilitado por el cáncer de esófago que le fue diagnosticado en 2024, siguió hablando con claridad quirúrgica:
“Si no logramos un aumento formidable de la productividad y los salarios, vamos a tener problemas para atender a los viejos”.
Lo suyo no era utopía: era aritmética social con brújula ética.
- Mujica: una herencia incómoda para los poderosos
No fue perfecto. Algunos lo acusaron de tibio, otros de haber dejado reformas a medias.
Pero nadie, ni sus adversarios más cínicos, pudo acusarlo de haber traicionado a su pueblo.
En tiempos de líderes blindados, Mujica era vulnerable. En tiempos de retórica vacía, él era sustancia. En tiempos de narcisismo político, él era humildad encarnada.
Su muerte no es un final. Es un mandato.
Hoy, América Latina no solo pierde a un expresidente. Pierde a su último sabio.
A ese raro líder que demostró que se puede gobernar con el corazón a la izquierda y los pies firmes en la realidad. Que se puede domesticar al capitalismo sin dinamitar la democracia.
Y que se puede ser austero sin ser pobre, sobrio sin ser triste, revolucionario sin ser violento.
- Pepe Mujica no se ha ido.
Está en cada ciudadano que decide pensar, resistir y construir sin renunciar a su dignidad.
Está en cada joven que cree que gobernar también puede ser un acto de amor.
Y está, sobre todo, en el futuro que aún podemos escribir.
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