POR DAVID LEÓN ROMERO.
“Las dificultares fortalecen la mente, como el trabajo fortalece el cuerpo.”
Séneca
En mis conversaciones con las personas que me rodean encuentro dos posturas mayoritarias: por un lado, quienes consideran que el pasado siempre fue mejor y que lo que vivimos -y sobre todo lo que está por venir- resulta desalentador; y por el otro, quienes creen que vivimos el mejor momento de la historia y que el futuro será todavía mejor. Seguramente ello tiene que ver con la realidad que cada individuo enfrenta, con qué tan complejo le ha parecido su pasado y con el nivel de esperanza que alcanza a proyectar hacia el futuro.
Como muchos, camino acompañado de cierta melancolía por el pasado y por todo lo que representa: la magia de la niñez, la libertad de la adolescencia y las alegrías y tristezas de la adultez. Mirando hacia adelante, voy y vengo entre la preocupación que me produce la creciente polarización entre grupos de nuestra sociedad y la enorme emoción que despiertan en mí diversos avances científicos y tecnológicos que podrían ayudarnos a construir un mundo mejor.
Desde mi muy limitado punto de vista, resulta fascinante el momento que viven algunos sectores de nuestro país, especialmente por el avance de las telecomunicaciones y la tecnología, que hoy permiten cosas impensables hace apenas algunas décadas. Cuando yo era niño, para realizar una tarea escolar había que visitar una biblioteca, abrir un fichero, localizar un libro y encontrar en él la información necesaria para desarrollar un tema. Hoy, un estudiante con un teléfono celular y acceso a internet puede consultar millones de textos de investigación, libros, conferencias y materiales generados en todo el mundo para fortalecer su aprendizaje y ampliar sus herramientas.
El avance tecnológico cobra verdadera dimensión cuando observamos el pasado. Mientras en el año 1700 los barcos se perdían o naufragaban por la inexactitud en el cálculo de su longitud geográfica, hoy podemos monitorear prácticamente en tiempo real, desde una pantalla, aquello que se transporta alrededor del planeta.
Frente a esta realidad de desarrollo, acceso a la información y herramientas educativas de enorme calidad -tanto formales como informales-, también encontramos sectores y territorios de nuestro país que carecen de lo más indispensable para fortalecer su conocimiento: escuelas sin agua, aulas sin techo, estómagos vacíos y futuros prácticamente inexistentes.
¿Cómo lograr emparejar las realidades de nuestros estudiantes, independientemente de su edad o del lugar en el que nacieron? ¿Cómo lograr que quienes vienen atrás se acerquen a quienes van adelante, no porque estos últimos reduzcan el paso, sino porque los otros hayan encontrado las condiciones necesarias para acelerar?
La tecnología y la ciencia deberían permitirnos alcanzar mayores niveles de productividad y, con ello, generar más riqueza. Pero también deberían ayudarnos a fortalecer las capacidades de las personas para potenciar su valor, permitiendo mayor inclusión laboral, mejores ingresos y acceso a servicios de calidad.
La existencia de realidades profundamente desiguales no es exclusiva de México; se presenta en muchas regiones del mundo. Sin embargo, también existen extraordinarios ejemplos de gobernanza donde los sectores público, privado y social han logrado tal nivel de coordinación y trabajo conjunto que los indicadores de bienestar han mejorado significativamente.
Debemos coordinarnos para dotar a nuestros niños y jóvenes de una mejor educación, orientada a desarrollar capacidades que les permitan agregar valor en sectores económicos con potencial de crecimiento y estabilidad. Emparejar las realidades significa lograr que los incentivos para estudiar, prepararse e incorporarse al mercado laboral sean mucho mayores que aquellos que hoy empujan a tantos jóvenes a abandonar ese camino.
Desafortunadamente, no se equivoca quien desde un espacio de privilegio vislumbra un futuro promisorio, así como tampoco quien, desde la pobreza y la desigualdad, observa el porvenir con desánimo. Será responsabilidad de quienes hemos tenido mayores oportunidades encontrar mecanismos que permitan cerrar esa distancia.








