“No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho.”
Séneca
Recientemente, Su Santidad León XIV publicó su encíclica, en la que aborda de manera excepcional la realidad que vivimos y que ha sido profundamente transformada por la aparición y el desarrollo de la inteligencia artificial. El estado actual de esta tecnología es producto de décadas de innovación sostenida. El documento equipara el cambio que hoy experimentamos con el registrado tras la Revolución Industrial.
Lo que, como profesionista de clase media, alcanzo a ver me resulta un arma de dos filos; y digo “alcanzo a ver” porque seguramente los mayores avances tecnológicos están disponibles sólo a los ojos de algunos. Observo que el progreso nos permite automatizar una serie de acciones, aligerando nuestra carga e incrementando la productividad y la eficiencia de muchos procesos. La tecnología no descansa y, para los seres humanos, resulta indispensable hacerlo; por ello, el apoyo que este tipo de herramientas nos brinda tiene un valor incalculable.
Soy testigo también de la enorme oportunidad que representa llevar información y conocimiento a cualquier rincón del planeta; diagnosticar enfermedades y recetar medicamentos a distancia; y procesar enormes cantidades de información en periodos muy cortos de tiempo.
Su Santidad nos invita atinadamente a reflexionar cuidadosa y detenidamente acerca de los efectos que el desarrollo tecnológico y la inteligencia artificial pueden tener sobre la humanidad. Desarmar la inteligencia artificial quiere decir colocar al hombre en el centro y poner la tecnología a su servicio.
Me identifico con la idea de que todo avance tecnológico es producto del ingenio humano y de que no existe máquina que posea la complejidad, la conciencia o la sensibilidad propias de nuestra condición.
Me gusta pensar en la tecnología al servicio del ser humano, permitiéndole alcanzar mayores niveles de productividad que se traduzcan en más tiempo libre y bienestar para todos, especialmente para los más desprotegidos. Por otro lado, me preocupa profundamente que este mismo avance pueda derivar en deterioro social mediante la captura de nuestra atención por plataformas de comunicación que privilegian contenidos negativos, o mediante la sustitución de personas que terminan siendo consideradas prescindibles.
Por ello, es justamente la complementariedad entre tecnología e inteligencia humana lo que debe entusiasmarnos respecto al futuro. Las máquinas están sustituyendo procesos operativos, pero difícilmente alcanzan suficiencia en aquellos ámbitos que contienen un componente profundamente humano. Me entusiasma la idea de que la inteligencia artificial y los avances tecnológicos requerirán siempre de personas capaces de validar, corregir y orientar su desempeño. Los grandes momentos de la historia han estado definidos por decisiones que exigen sensibilidad, inteligencia, astucia, intuición y amor, cualidades que ninguna máquina puede proveer.
Incluso en situaciones cotidianas, el ser humano sigue siendo difícilmente sustituible. Si de pronto, en un crucero peligroso, los semáforos se quedan sin energía eléctrica, los sistemas automatizados podrían enfrentar dificultades para interpretar una situación caótica e inédita, mientras que los conductores humanos suelen encontrar rápidamente una dinámica que permita a todos avanzar poco a poco.
Detrás de este gran salto tecnológico que hoy presenciamos hay personas, recursos, infraestructura y un sinfín de elementos que permanecen ocultos a nuestra vista. Por ello, la invitación a reflexionar sobre el rumbo que está tomando este desarrollo resulta fundamental. Hacer una pausa para identificar posibles usos indebidos que puedan afectar a nuestras comunidades no sólo es conveniente, sino necesario.
El reto que enfrentamos es enorme: aprovechar al máximo el desarrollo tecnológico para el bienestar común, sin dejar a nadie atrás y sin hacerlo a expensas de otros.





