POR: David León Romero.
“Realiza cada una de tus acciones como si fuera la última de tu vida.”
Marco Aurelio.
La Federación Internacional de Futbol Asociación ha traicionado a los aficionados, y diversos actores han sido cómplices. Como suele suceder, será el tiempo quien ponga a cada quien en su lugar y determine si las decisiones de la FIFA resultaron benéficas o perjudiciales para la industria.
El futbol es mucho más que un deporte o un negocio. Posee un profundo componente social. Por un lado, cumple una función formativa que permite a niños y jóvenes desarrollar capacidades, alejarse de los vicios y encontrar ejemplos de disciplina y éxito que los inspiren a detonar sus talentos. Por otro, el futbol profesional constituye un espectáculo que brinda distracción, esparcimiento y entretenimiento a millones de personas, permitiéndoles aligerar, aunque sea por unas horas, la carga que la vida representa.
La FIFA ha adoptado una política de precios que amenaza con convertir un producto de consumo masivo en un artículo de lujo, disponible solamente para unos cuantos. El futbol congrega a una enorme cantidad de actores que conforman una industria capaz de generar miles de millones de dólares, pero conviene recordar que el origen de toda esa derrama económica se encuentra en nosotros: los aficionados.
Las decisiones de la FIFA me recuerdan la famosa fábula de Esopo sobre la gallina de los huevos de oro. Un campesino recibía cada mañana un huevo de oro de su gallina, pero su impaciencia y codicia lo llevaron a pensar que dentro de ella encontraría una gran cantidad riquezas. Decidió abrirla esperando obtener todo de golpe y descubrió, demasiado tarde, que había dado muerte a la fuente de su valioso ingreso.
Algo similar pareciera estar ocurriendo con la Copa del Mundo. Fueron los aficionados quienes, durante décadas, construyeron el prestigio, la relevancia y el valor comercial del torneo más importante del planeta. Sin embargo, hoy muchos de ellos están quedando fuera de los estadios y cada vez más lejos de las transmisiones debido a los elevados costos de acceso. La FIFA parece privilegiar los ingresos de corto plazo sobre la conexión emocional que le dio origen al fenómeno global que hoy administra.
Es cierto que la organización tiene razones para buscar mayores ingresos. El desarrollo del futbol, la organización de competencias y la expansión de programas deportivos requieren recursos. Sin embargo, existe una diferencia entre fortalecer una industria y explotarla sin tomar en cuenta otros factores relevantes. Cuando el acceso al espectáculo se vuelve prohibitivo para amplios sectores de la población, se corre el riesgo de debilitar la base que sostiene su crecimiento futuro.
El consumo masivo de contenidos deportivos ha sido el combustible que alimentó la popularidad del futbol durante generaciones. Si el acceso a esos contenidos comienza a restringirse por razones económicas, la afición podría dejar de renovarse con la misma fuerza. La semilla que no se siembra hoy no germinará mañana.
Todo indica que este Mundial estará orientado, en gran medida, a las grandes empresas y a los aficionados con mayor poder adquisitivo, alejándose de la tradición que convirtió a la Copa del Mundo en una auténtica fiesta global. No tengo inconveniente en que existan boletos premium para quienes deseen y puedan pagarlos, siempre y cuando, existan mecanismos para que todos aquellos que no cuentan con tal cantidad de recursos, puedan vivir la experiencia mundialista de manera completa.







