Por David León Romero.
“El tiempo es como un río que arrastra rápidamente todo lo que nace.”
Marco Aurelio
Para el momento en que se publique este texto, el partido entre las selecciones de México y Corea ya se habrá jugado. Me gustaría emborracharme del entusiasmo que suele abundar en torno a este tipo de eventos, fantaseando con la posibilidad de que, como selección, logremos llegar lejos y hacer historia.
México ha mostrado, hasta el momento, una muy buena imagen al mundo. Estadios llenos de aficionados, festividad, cordialidad, extraordinaria hospitalidad, pasión y organización. Salvo algunos detalles menores, la expectativa se ha cumplido e incluso se ha rebasado. Da gusto ver la coordinación de actores del sector público, privado y social en la búsqueda de entregar un buen resultado, mismo que hasta ahora se ha conseguido.
Desde mi niñez he vivido relacionado con el futbol. Me he entusiasmado, ilusionado, emocionado y desilusionado con nuestra selección. Mundial tras Mundial, el entusiasmo alcanza su nivel máximo para después caer súbitamente y estrellarse contra nuestra realidad futbolística.
¿Por qué esta vez debería ser distinto? No tengo elementos para responderlo. Las modificaciones que se han dado a nivel reglamentario en el futbol mexicano, específicamente la permisividad para contratar futbolistas extranjeros y la ausencia del ascenso y descenso, son, a mi juicio, dos de los principales diques que impiden que nuestro futbol crezca y evolucione.
Le hemos cancelado la posibilidad de un triunfo real a los equipos de la división inferior que anhelaban ascender, provocando en ellos un inevitable “¿ya para qué?”. Lo mismo ocurre con aquellos que antes se jugaban la vida por no descender y que hoy pueden pensar: “si perdemos, no pasa nada”. Por otro lado, la corrupción, la enorme oferta de jugadores extranjeros y la necesidad de resultados inmediatos incentivan la contratación de futbolistas foráneos que terminan bloqueando el fogueo y el debut de jóvenes mexicanos. No, no tengo elementos para pensar que en esta ocasión puede ser diferente.
En este marco, la presidenta de la República ha exhortado, acertadamente, a los dueños de los equipos de nuestra liga a invertir y apoyar de manera decidida a nuestros niños y jóvenes. Es de todos conocido el poder que tiene el futbol como herramienta de formación física y mental.
Deseo que el llamado sea atendido y acompañado por acciones de coordinación que permitan fortalecer espacios públicos, recursos humanos y materiales, además de instituciones que promuevan el futbol y faciliten el acceso masivo de niños y jóvenes a la práctica deportiva. Ejemplos exitosos existen; conozco uno de primera mano: la Copa Bimbo.
Ojalá me equivoque, pero el resultado de nuestra selección se mantendrá dentro de su promedio histórico. Si queremos trascender, tendremos que trabajar de manera distinta, correcta y sostenida durante mucho tiempo. Será un gran Mundial. Nos emocionaremos, las ventas serán récord y terminará la fiesta dejándonos ese absurdo sabor de boca de que, en la cancha, algo debió haber sido distinto. Deberemos ser conscientes, en ese momento, de que no estamos haciendo lo suficiente para obtener un resultado verdaderamente satisfactorio.
Lo que estoy seguro que también trascenderá es el profesionalismo, la capacidad de organización y la gran calidez, pasión y calidad humana de los mexicanos, que emerge tanto en las grandes celebraciones como en medio del profundo dolor que provoca la tragedia.





