
“Lo que se interpone en el camino se convierte en el camino.”
Marco Aurelio
Si hace algunas semanas nos hubieran anticipado el paso perfecto de la Selección Mexicana en el Mundial de Futbol, registrando cuatro victorias y cero goles en sus primeros cuatro partidos, la gran mayoría habría rechazado el pronóstico. La historia de nuestro equipo continúa y encontrará su aduana más compleja el próximo domingo en la cancha del Estadio Azteca.
Ese paso perfecto ha generado un ánimo sin precedentes entre un sector importante de la población, a pesar de que la mayoría se ha visto privada de asistir a los estadios debido al alto costo de los boletos y de que tampoco ha tenido a su disposición la totalidad de los partidos. La conexión entre el equipo y la afición ha sido tal que las calles emblemáticas de las principales ciudades del país se han visto saturadas por aficionados que salen a festejar al término de cada encuentro.
Se calcula que el número de televidentes que presenciaron el último partido de nuestra selección frente a Ecuador alcanzó la friolera de 35 millones de espectadores, mientras cerca de un millón y medio de personas se dieron cita posteriormente en las calles de la capital del país para celebrar el triunfo.
Somos un país futbolero. Si bien no contamos con una liga de primer mundo, un alto porcentaje de los mexicanos crecimos jugando futbol en patios, calles y potreros. La presencia de equipos profesionales llega a prácticamente todos los rincones del país gracias al impulso de las marcas patrocinadoras y al enorme poder de penetración de las televisoras que transmiten sus partidos.
Paradójicamente, varias de esas mismas marcas también comercializan productos asociados con los malos hábitos alimenticios que tanto han contribuido a los altos niveles de obesidad que padece nuestra población.
Recordemos que México enfrenta costosísimos -en muchos sentidos- problemas de salud derivados de los malos hábitos que practicamos. Sus causas son diversas, pero hoy mantienen en crisis a un gran número de familias mexicanas y ejercen una enorme presión sobre nuestro sistema público de salud, cuyos recursos resultan insuficientes para atender a una población de pacientes que continúa creciendo.
Frente a ello, las acciones para fomentar la salud mediante la actividad física no han estado a la altura del problema. Son escasas las políticas públicas, programas y acciones realmente profundas y eficaces que buscan cultivar el deporte entre nosotros.
El poder del deporte es inconmensurable. Sus beneficios se reflejan de inmediato en la salud física y mental de las personas y, además, fortalece valores indispensables para la vida como la disciplina, la constancia, el sacrificio y la competitividad.
Será difícil alcanzar, al menos en el corto plazo, el nivel de conexión y entusiasmo que hoy despierta nuestra selección. Sin embargo, este es un momento clave para aprovechar esa comunión como una valiosa semilla que, al germinar, permita que nuestros niños se alejen de las pantallas, que los adultos abandonemos el sillón y que todos dejemos de lado los malos hábitos que tanto han deteriorado nuestra salud física y mental.
Una buena política pública que articule a los tres niveles de gobierno, con la participación de las grandes empresas vinculadas al deporte, permitiría iniciar un proceso para entusiasmar a quienes han vivido este momento como espectadores y convertirlos en protagonistas del deporte más practicado y querido de nuestro país.
El deporte salva vidas y construye mejores comunidades. Aprovechemos este invaluable momento y hagamos del paso perfecto de nuestra selección el punto de partida para impulsar el cambio de hábitos que tanto nos urge como sociedad.






